Jura Pública del 12 de julio de 2014
Aula Magna


Presidió: Decano, Prof. Dr. Sergio Provenzano
Orador:Prof. Dr. Jaime E. Bortz
Autoridades presentes en el Estrado:
Prof. Asociada de la Carrera de Fonoaudiología, Lic. Norma Silguero
Prof. Adjunto Dpto. de Biología Celular e Histología, Dr. César Loild
Prof. Adjunto Dpto. Tocoginecología, Dr. Manuel Nolting
Secretario de Hacienda y Administración, Prof. Dr. Carlos Botta
Secretario de Edudcación Médica, Dr. Alberto Cler Pereira
Consejero por el Claustro de Profesores, Prof. Dr. Julio Garay
Consejera por el Claustro de Profesores, Prof. Dra. Claudia Capurro

Abanderados:
Medica Maria Agustina Benedetti
Medica Florencia Canaparo
Medico Alejandro Rodrigo Picardi

Escoltas
Medica Maria Florencia Salvadores
Medica Maria Lucia Resio
Medico Gustavo Leonel Garavaglia

 
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Discurso pronunciado por el señor Prof. Adjunto del Departamento de Humanidades Médicas, Prof. Dr. Mag. Jaime E. Bortz:

Buenas tardes a todos. Permítanme presentarme brevemente. Mi nombre es Jaime Elías Bortz. Soy Profesor Regular Adjunto del Departamento de Humanidades Médicas, Orientación Historia de la Medicina, de esta facultad. Hace 25 años que enseño e investigo y hago gestión en esta casa, a la que ingresé como alumno en 1979. Agradezco al Sr. Decano la gentil invitación para ser el orador en este acto de jura pública de los graduados en la facultad.
Quisiera aprovechar este espacio para examinar brevemente el concepto de valor a la luz de una historia mínima personal.
Mi abuelo era un inmigrante que llegó a la Argentina desde Europa Oriental en 1923. Cuando yo tenía 6 años de edad enviudó y se vino a vivir a mi casa junto conmigo, mis padres y mis hermanos. Se transformó en mi mejor amigo y en mi confidente. Pasábamos mucho tiempo juntos compartiendo juegos. Yo escuchaba sus historias, narradas con minuciosos detalles. Viviendo en mi casa, el abuelo se transformó en una parte fundamental de mi vida afectiva.
Cuando se volvió muy anciano, temiendo caerse en la calle o perderse sin posibilidad de volver a casa solo, escribió una pequeña notita donde consignaba su nombre y apellido y su dirección para que se lo pudiera identificar en caso de necesidad. Es un pequeñísimo pedacito de papel, escrito con su puño y letra. Cuatro líneas de escritura. Nada más. Cuando vivía con él, hace décadas, había visto que tenía ese papelito en el portadocumentos. Luego me olvidé del asunto.
Hace muchos años que mi abuelo falleció. Mi corazón está lleno de recuerdos de él y su experiencia me ha servido para sortear obstáculos en mi vida. Pero, por esos azares de la existencia, las mudanzas, los cambios, no conservé objetos tangibles que fueran suyos. Estoy lleno de sus recuerdos y sus enseñanzas, pero no tengo cosas que le hayan pertenecido.
O al menos creí no tenerlas hasta hace poco.
El año pasado, acomodando cosas en un placard, me encontré con una vieja valija llena de papeles inservibles.
Y entre todos ellos descubrí el papelito de cuatro líneas que había escrito mi abuelo para orientarse y poder ser localizado.
Un papel de su puño y letra. El único objeto tangible que conservo de él.
¿Cuánto vale ese papelito?
Con certeza, para Uds., nada. Es un pedazo de papel escrito para no perderse en la calle por un hombre anciano que Uds. no conocieron. Tiene su nombre y su dirección. Mi abuelo no era un prócer, ni un escritor conocido, ni un actor famoso, ni un político carismático, ni un científico destacado, ni un deportista exitoso. Era solamente, para mí … mi abuelo, mi amigo, mi compinche. Así que, para Uds., el papel no tiene ningún valor.
¿Cuánto vale ese papelito para mí? Muchísimo. Es un recuerdo de años llenos de momentos hermosos vividos con una persona hermosa que fue fundamental en mi vida.
¿Cuánto pagarían Uds. por ese papel si quisieran tenerlo? Cero. Nada.
¿Cuánto pagaría yo por ese papel si se hubiera perdido, si alguien lo hubiera encontrado y si me lo estuvieran ofreciendo? Una fortuna.
Así que parece haber una diferencia entre valor y precio. Lo que vale mucho para unos puede no valer nada para otros.
Valor no es igual a precio. Los dos son atributos. El precio es un atributo colocado por el vendedor. El valor es un atributo que es colocado – o atribuido – por el comprador. Es el bien que el comprador está dispuesto a entregar por poseer algo. Y es evidente que, para obtener algo valioso, debo necesariamente entregar algo a cambio.
Pero ¿qué es valioso? Es algo que yo prefiero. Es mi preferencia la que lo hace valioso. Puede ser la tarjeta de SUBE que me olvidé en casa y que no me permitió tomar un colectivo cuando estaba yendo a una entrevista de trabajo importante. Puede ser contar con carga en el celular para poder hacer esa llamada tan significativa que no puede esperar. Puede ser la lapicera que me falta en el momento en el que tengo que anotar un teléfono o una dirección en situación de apuro. Puede ser contar con un transporte para escapar de una situación de emergencia y que en ese momento vale más que cualquier título nobiliario, como cuando Shakespeare le hace decir a Ricardo III “A horse, a horse, my kingdom for a horse”: “un caballo, un caballo, mi reino por un caballo”.
El valor es una preferencia. Las preferencias de los individuos son estados subjetivos. Cambian entre diferentes individuos. Cambian, también, en un mismo individuo a lo largo del tiempo.
Las preferencias se ordenan. Se ordenan racional o irracionalmente. Se ordenan consistente o inconsistentemente. Elegir racionalmente consiste en optimizar o ponderar entre diferentes posibilidades y elegir entre ellas la mejor opción. Y la mejor opción es la que satisface mejor las necesidades, los intereses y los deseos de un individuo. Esa mejor opción no es un valor estable, constante y universal en sí mismo.
Nuestras elecciones racionales están atravesadas por restricciones y preferencias.
Los seres humanos tenemos restricciones. La principal es el tiempo. El día tiene 24 horas. Para Uds., para nosotros, para todos. No hay tiempo para todo. Decimos “No tengo tiempo para esto”; “no tengo tiempo para lo otro”. ¿En qué debemos invertir el tiempo entonces?
Los seres humanos tenemos preferencias. La forma en la que dividimos nuestro tiempo muestra cuáles son esas preferencias. Cuánto de estudio, cuánto de trabajo, cuánto de esparcimiento, cuánto de deportes, cuánto a nuestros amigos, cuánto a nuestros afectos. Preferimos, y lo hacemos continuamente. Las actividades diarias implican una inversión de tiempo, de recursos, de energía, una contribución que se asigna a algo y que, automáticamente, se deja de asignar a otra cosa. Eso es preferencia, una preferencia revelada. Y también es un costo de oportunidad: si hago algo dejo de hacer otra cosa; al hacerlo estoy revelando una preferencia.
La pregunta que te hago hoy es ¿qué cosas son genuinamente valiosas para vos?
No vas a poder tenerlo todo y te repito la pregunta hoy: ¿qué cosas son genuinamente valiosas para vos?
No vas a poder tenerlo todo. Por definición, tendrás restricciones. Restricciones de tiempo, de recursos, de energía, de espacio. Te repito entonces la pregunta hoy: ¿qué cosas son genuinamente valiosas para vos?
Y como para obtener algo valioso tendrás que entregar necesariamente algo a cambio, se dispararán más preguntas. ¿A qué estarías dispuesto a renunciar para conservar algo valioso? Si sobreviniera una crisis económica, familiar, social, política, sentimental, de salud, de trabajo, ¿de qué cosas estarías dispuesto a desprenderte? ¿Qué cosas desearías preservar? ¿Qué cederías primero? ¿Qué cederías en último lugar? ¿Qué cosas no estarías dispuesto a ceder, porque ceder eso te haría dejar de ser lo que en verdad sos?
En momentos más jurarás por lo que consideres más valioso. Tomate un segundo para pensar qué es para vos lo más valioso, aquello que estás poniendo de testigo en este momento, momento que será uno de los más perdurables de tu vida.
Y te adelanto: en el transcurso de tu vida como profesional de la salud te vas a preguntar – vas a tener que preguntarte – todos los días qué es valioso para vos. Y te vas a sorprender, dentro de muchos años, con que algunas cosas habrán perdido valor, algunas cosas habrán adquirido valor y otras cosas nunca habrán dejado de valerte. La búsqueda del equilibrio entre todos estos valores – los que se pierden, los que se ganan, los que se conservan – será la búsqueda del sentido de tu propia vida.
Estás a punto de jurar como graduado en ciencias de la salud, una tradición que tiene cerca de 2500 años de antigüedad.
Te invito a que no sientas como un trámite más el momento de la jura. La vida ofrece la oportunidad de vivir, de vez en cuando, algunos momentos aislados de verdadera trascendencia. Éste es uno de ellos. Te invito a que lo disfrutes. Te lo ganaste. Es tuyo. Es valioso, muy valioso.
Te graduaste en nuestra facultad. Hoy los profesores no te decimos “adiós”. Te decimos: “Hacé de tu vida profesional algo que esté lleno de sentido. Hacé de tu vida profesional algo que vos valores. Hacé de tu vida profesional algo que valga”.