Jura Pública del 27 de mayo de 2014
Aula Magna

Presidió: Decano, Prof. Dr. Sergio Provenzano
Orador: Dr. Eduardo Arribalzaga
Autoridades presentes en el Estrado:
Prof. Adjunta Dpto. de Medicina, Dra. Celia Wainstein
Prof. Adjunto Dpto. de Patología, Dr. Pablo Martín Donato
Prof. Adjunta Dpto. Anatomía- Dra. Valeria Forlizzi
Doc. Aut. UDH Durand, Dr. Claudio Storino
Doc. Dr. Eduardo Gonzalez

Consejero por el Claustro de Profesores, Prof. Dr. Carlos Stagnaro

Abanderados:
Médica Virginia María CAFRUNI
Médica Amorina ANSA
Médico Francisco Carlos MARTEMUCCI

Escoltas:
Médico Juan Ignacio RICO
Médica Daiana Karina FERRARO
Médica Micaela Paula SZLAIN
Médico Patricio Javier EGAN

 
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Discurso pronunciado por el señor Prof. Titular del Departamento de Cirugía, Dr. Eduardo Arribalzaga:

"Sr. Decano Prof. Dr. Sergio Provenzano, autoridades presentes, Sres. Profesores, estimados egresados, Sras. y Sres.:
Agradezco al Sr. Decano la distinción de dirigir la palabra en este solemne acto de recibir en nombre de la comunidad médica a sus nuevos cofrades.

Ser Médico hoy

En un día muy especial es prioritario recordar la misión del médico. Ante una sociedad postmoderna cada vez más desencantada por una contracultura de lo circunstancial, vistoso, transmisible por televisión o INTERNET en forma casi instantánea, promovida activamente por corrientes de diverso signo con imposición por seducción o engaño de una visión limitada y degradante de la persona. La frase bíblica del Creador “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza” es sustituida por “hagamos un hombre a nuestra medida”, un objeto desprovisto de dignidad cuya vida será útil y acreedora de algún valor relativo mientras responda a determinados criterios. La persona concreta no descubre el sentido último de su existencia y se asoma a un profundo vacío ético.

La atención sanitaria desarrolla su acción en estrecha cercanía a esa persona, para servir a sus bienes más preciados como la vida y la salud y es en los momentos cruciales de su existencia donde el ejercicio de nuestra profesión experimenta, quizás como en ninguna otra, los embates y tensiones del presente proceso de deshumanización.

La práctica médica, asistida por el avance científico-técnico arrollador, adquiere un insospechado poder sobre las personas que, huérfanos de claros referentes éticos, conduce a la manipulación infame en lugar del servicio más noble y honorable al que está destinado: un encuentro interpersonal. Hoy el enfermo es atendido por un numeroso grupo de profesionales que simultáneamente tiene un enorme volumen de pacientes a su cargo. Términos muy comunes en la práctica asistencial son identificar al enfermo “con sus rasgos externos, pierde sus rasgos personales e individuales y se extravían sus sentimientos y valores” es la «cosificación» del paciente. Falta de calor en el trato con distanciamiento afectivo por parte del personal rayano con la fría indiferencia o indolencia. Violación de derechos del enfermo con negación de las mejores opciones médicas.

Se traslada casi por completo el debate bioético al mundo microscópico con aparente crisis de la disciplina deontológica. Distintos factores interactúan cotidianamente de forma tan compleja que es frecuente observarlos, entre ellos los sociológicos como la crisis cultural al existir sociedades secularizadas con exigencia de una cultura homogénea donde prevalece “tener” sobre el “ser”, exaltación de una visión utilitarista del hombre y la sociedad donde es valioso solo aquello con utilidad práctica. La Pluralidad de sistemas éticos provocado por el proceso de globalización de las últimas décadas origina una violenta colisión de valores. La cultura empresarial reinante propugna la tenacidad, eficiencia y lealtad, mientras las instancias sociales y políticas promueven la participación en la toma de decisiones, respeto por el bien común y la equidad. Simultáneamente la cultura mediática celebra el rechazo al esfuerzo. En un mundo tan plural en creencias e ideologías es casi imposible alcanzar principios éticos fundamentales con consensos responsables. Estamos en medio de una babel ética sin entendernos. La consecuencia es una situación ambigua: se exige al personal sanitario una cuota de sacrificio, abnegación, entrega y desinterés que la actual sociedad no impulsa ni reconoce, atenazada por el egoísmo individualista, el lucro y el hedonismo. Se reclaman valores y virtudes que el resto de la sociedad no asume.

A este sinnúmero de problemáticas, tensiones e insatisfacciones se sumó una creciente medicalización de la sociedad donde se invierten cuantiosos recursos materiales y humanos, pero se auxilian sólo signos y síntomas en lugar de sus verdaderas causas. Así ocurre con el alcoholismo, las drogadependencias, el suicidio, el VIH/SIDA o la malnutrición.

La inestabilidad del personal y fragmentación de los servicios sanitarios hacen que el individuo se relacione con un equipo amplio de personas y no con un médico en particular, se impide el trato necesario para una comunicación interpersonal estrecha y fluida diluyendo el compromiso con el cuidado y responsabilidad de las acciones médicas. El uso de criterios economicistas como elementos de evaluación de la calidad de los servicios sanitarios compromete al máximo los recursos y traen consecuencias adversas para los pacientes como para el profesional. Recortes presupuestarios y de personal, aumento del volumen de pacientes-clientes, omisión de procedimientos onerosos, así como la escandalosa carestía de servicios y seguros médicos, excluyen a todo aquel sin capacidad financiera, en suma, ominosa deshumanización de la asistencia sanitaria.

Se evalúa la calidad de los servicios con criterios de efectividad donde la persona enferma afronta el riesgo de ser ignorada o vulnerada en su individualidad porque sus intereses, necesidades e incluso sus derechos están supeditados a alcanzar determinado indicador. Este degradante reduccionismo deshumaniza la asistencia y origina abusos. La excesiva burocratización hace su aporte al emplearse el tiempo en actividades administrativas en detrimento de las acciones asistenciales.

También el desequilibrio en la formación académica centrada casi exclusivamente en desarrollar habilidades técnicas con deterioro de contenidos humanistas, de la mano de la enseñanza de una ética deontológica limitada a códigos administrativos y procedimentales, consiguen como resultado profesionales con elevado saber científico y gran pericia técnica pero pobre formación humanística con la consiguiente incapacidad para interactuar con la persona enferma. Se alejan de la comprensión holística integradora del proceso salud-enfermedad. Conceptos básicos como “dignidad humana” resultan tan abstractos que dificultan su aplicabilidad práctica.

Paralelamente, el vertiginoso ritmo del progreso científico-técnico propició la acumulación de un volumen de conocimientos médicos que a partir de 1950 hizo imprescindible la división de la asistencia médica por sectores “especializados” con profesionales “macroexpertos” en “microtemas” de innegables ventajas pero al mismo tiempo amplió la brecha de la despersonalización de la atención médica. Bajo este modelo se trata una patología como una parte del paciente ignorando a la persona. La “fractura” atenta contra la unicidad del individuo y desvirtúa la relación médico-paciente con una salida a una medicina defensiva.

Las dificultades en la educación profesional como búsqueda de propia realización dependen de un equilibrio multifactorial. Se destaca la vocación, necesidad de aprecio, respeto y reconocimiento a la labor por parte de pacientes y superiores. Cierto margen de autonomía favorecedor de un clima de participación en la toma de decisiones con apertura a iniciativas creativas, logra la satisfacción que aportan la generación de conocimientos y el establecimiento de hábitos éticos indiscutibles.

Es importante atender otras aspiraciones profesionales como la capacitación y la promoción jerárquica. Desconocer la importancia de la realización profesional con la visión simplista centrada en el “éxito profesional” - entendido como beneficio material, fama o ejercicio de poder -, tiene nefastas repercusiones en la relación entre el profesional y los pacientes. Influyen factores materiales como la necesidad de retribución monetaria justa con el nivel de responsabilidad, grado de competencia alcanzada y antigüedad laboral que garanticen un decoroso nivel de vida. Se incluyen la disponibilidad de condiciones y medios laborales seguros que impidan la despersonalización de la atención médica y originen el “Síndrome de desgaste profesional” o “Burn out”, donde “el otro” carece de valor. Las formas incorrectas de ejercicio de la autoridad inciden en la relación entre médicos y pacientes, causan desajustes y rupturas con situaciones de conflictividad e incomunicación deshumanizantes.

Con frecuencia el paciente, basado en previas experiencias, acude a la consulta con serias reservas: ¿se encontrará este médico adecuadamente capacitado?, ¿me dirá la verdad? ¿Realmente le preocupará mi problema?, ¿respetará mi privacidad? “Por favor, que me atienda el médico canoso”. La desconfianza crea un enrarecido clima que será siempre “un encuentro entre una conciencia y una confianza”. El ejercicio inadecuado de la autonomía por parte del enfermo asimismo conduce hacia la despersonalización: la autogestión ignorante provoca una “inflación del número de enfermos” al ocasionar fácil accesibilidad a una amplia gama de especialistas y servicios mediante la cómoda tentación para eliminar el primer síntoma real o imaginario aparecido. En una verdadera avalancha de afectados reales, imaginarios o simulados sobresaturando los sistemas de sanidad se diluye la responsabilidad del cuidado en forma personalizada.

La competencia profesional es capacitarse para cuidar y asistir de un modo óptimo con un mínimo de riesgos de daños y sufrimientos peores a los que se pretenden aliviar. No sólo hay que saber, sino también saber hacer y saber ser. Dicho de otro modo: no basta la presencia de un conjunto de aptitudes. Se requieren actitudes como capacidad de escucha y diálogo, empatía y respeto que necesitan ser educadas y ejercitadas desde los primeros momentos de la iniciación profesional. Ser competente exige un esfuerzo constante, una responsabilidad progresiva e independiente como decía Andrés Santas y su deber es emplearlo para servir de una manera eficiente y humana.

La tecnociencia médica, con notable mejora de la calidad de vida, ayudó al “mito cientificista del eterno progreso” confiriendo a la ciencia una omnipotencia utópica donde residen las respuestas sobre la condición del hombre al proporcionar “fórmulas” de dominio sobre los más complejos procesos como la enfermedad, el envejecimiento e incluso la supresión de la muerte. Este modelo insostenible por su principal falla que es confundir con una suma aritmética de confort y bienestar se apoya en argumentos donde si algo es técnicamente posible se lo debe aplicar. En tal contexto, el ser humano terminó con frecuencia rebajado al plano de un objeto más y su dignidad fragmentada y olvidada. La sociedad global transita cuesta abajo desde una cultura humanista a una cultura técnica creciente abusadora con el riesgo de experimentar Desconcierto, Angustia, Expectación paralizante, Frustración, Incomunicación, Marginación, amenazada por esos “progresos tecnológicos”. No sucumbir a la “exaltación técnica”, seducción que muchos no logran sustraer, constituye un verdadero reto para la habitual asistencia. Dentro de este marco, las acciones médicas lejos de respetar su hondo sentido humano, enfrentan el riesgo de degradarse a mera pericia técnica con complejos procedimientos y termina como si el cuerpo se tratase de “una cosa”.

Hans Jonas, filósofo alemán fallecido en 1993, aseguró “es preciso someter el potencial apocalíptico de la técnica al dominio de los valores, de la reflexión moral”. La ayuda será más humanizada y a la vez humanizadora en la medida que se posea una condición moral absoluta. Todo ser humano constituye un valor en sí mismo, siempre un fin y nunca un medio para otro fin por bueno que aparente ser. Esta dignidad es absoluta, valor inviolable e innegociable del que emanan todos los derechos humanos. La dignidad personal constituye la raíz de la igualdad de todos los seres humanos. La persona tal como afirmaba Santo Tomás de Aquino “es lo más perfecto que hay en la naturaleza”. Solo un ser humano capaz de reconocer la dignidad del otro y respetar sus derechos, asume en consecuencia el deber ético de asistirlo, consolarlo y acompañarlo en su fragilidad. La misión es asumida con vocación, competencia profesional y virtudes morales junto con afectividad, racionalidad y voluntad a pesar de los esfuerzos, dificultades, riesgos o hasta sacrificios que exige la vida profesional.

Las virtudes morales como valores fundantes, firmes y estables modelan la forma de actuar, el modo de ser y relacionarse. Al decir de Diego Gracia “El médico perfecto es el médico virtuoso y la relación médico-enfermo solo será perfecta si el profesional aspira a la virtud, a la excelencia”. El clásico modelo aristotélico de la ética de la virtud está totalmente suplantado por el actual modelo principialista anglosajón de la ética de los derechos y los deberes. La demostrada experiencia centrada exclusivamente en principios afronta el riesgo de terminar reducida a una moral de mínimas obligaciones, insuficiente para una asistencia plenamente humanizada. La adquisición de virtudes morales, como expresara Aristóteles en su “Ética a Nicómaco”, se da solo en un proceso preferentemente vivencial. Sólo soy virtuoso practicando y viendo practicar la virtud. Si la vocación, competencia profesional y virtudes morales resultan integradas en el individuo, entonces la profesión médica se convierte en su segunda naturaleza. Recordar por tanto el aforismo hipocrático: “curar en algunas ocasiones, acompañar frecuentemente, pero consolar siempre”.

Como Galeno, el buen médico debe ser un maestro del conocimiento de la naturaleza y en la ética para un correcto proceder. Asistan con la compasión de un clérigo, la perspicacia de un psicólogo y el desinterés de un amigo dispuestos a transmitir vuestra propia esperanza en el camino que inician. El valor que se les reclama los guíe hacia el objetivo final de servir fielmente a la confianza depositada en Uds. El juramento que haréis es vuestro compromiso con la sociedad.

Tengan una cordial bienvenida, disfruten de su profesión y DIOS quiera recuerden el lema de nuestra Universidad de Buenos Aires: Argentina virtus robur et studium."